En toda relación de autentico cariño, en toda relación que a lo largo del tiempo, en mayor o menor medida, ha supuesto complicidad, o convivencia, o empatía, el final de esa relación, si se produce, debería de ir acompasado con un rescoldo afectivo compuesto de memoria, de auténtica memoria, de respeto y de voluntad de no dañar. Pero no es eso lo que nos cuenta el entorno. No es eso lo que percibimos tras palabras y gestos. No es eso lo que interpuestos, solo informados por una de las partes, van vertiendo en oídos ajenos, tan ajenos que ni les va, ni les viene, nada en el tema, más que su evidente parentesco con la vieja del visillo. Los metomentodo clásicos que buscan agradar a una de las partes, existentes en toda disputa. Los solidarios de pacotilla que venden su amistad, de las de pega, por dar una razón sin compromiso a quien quiera oírla.
Estos cobardes habituales, del género “cuñados”, que suelen ampararse en el oído del que se lo presta, que suelen refugiarse en anonimatos, o alias enmascaradores, que no tienen otro argumento que la verdad parcial escuchada, cuando no directamente el bulo, el comentario reciclado, o ciertos oscuros intereses, reinterpretado para que intente ser más dañino, suelen argumentar con la rabia que el transmisor les ha inculcado, o que ellos son capaces de generar para sentirse parcialmente protagonistas, interesadamente importantes.
La rabia, la rabia médica, es una enfermedad que se transmite mediante la baba de ciertos animales. La rabia, la rabia dialéctica, la rabia emocional, es una enfermedad que se transmite mediante la mala baba de quienes necesitan de un entorno que les dé la razón, porque en el fondo saben, aunque a veces creo que no, que no la tienen. Una mala baba compuesta, supongo que la proporción variará según los individuos, de omisiones de lo que no interesa, de verdades sin contrastar, de incapacidad de autocrítica, y de afán de hacer daño. Un cóctel lamentable, para una actitud injustificable, para una ética inadmisible.
Si lo pensamos un poco, la verdadera rabia, la rabia incomprensible y evitable, es la rabia del transmisor, del que inicia la propagación, del falso doliente que busca complicidad y portavoces de su verdad parcial, parcial de contenido incompleto, parcial de tomar partido. Se suele distinguir por su falsa continencia en público, y sus desmesuras en los ámbitos en los que se siente a cubierto, protegido, justificado, en su incapacidad para hacer una visión amplia, una visión sincera, una visión desapasionada de lo sucedido. Porque el segundo síntoma de la rabia es una incapacidad de mirada que debería aterrar a quién la siente, si fuera capaz de sentirla, si está en disposición de sentirla.
El rabioso es relativamente fácil de detectar por sus gestos desmedidos, desmesurados, y por rodearse de un entorno que le ayuda a reafirmarse en sus razones, y sus acciones, cosa ya de por sí bastante sospechosa, y que está compuesta por una corte, en la mayor parte de los casos, de resentidos, o de personas a las que les importan un ardite ambas partes, por lo que con dar la razón al que lo solicita, han cumplido. Incluso se da el caso de individuos que dan la razón a ambas partes, porque, total, nada les va en ello.
Este comportamiento, incomprensible, visceral e irracional, me recuerda mucho a ciertas escenas vividas en mi niñez, cuando el dueño del balón, de los juegos reunidos, de la bicicleta, o de cualquier otro juego, o juguete, colectivo, o de uso colectivo, se empeñaba en imponer sus reglas, y, cuando finalmente no lo conseguía, con una dignidad que sólo él veía, cogía su preciado bien y se iba. Eso que vulgarmente se llama “coger el canasto de las chufas”, tan descriptivo. Es verdad que tras la fuga llena de dignidad ofendida, era el hazmerreír de todos lo que se quedaban, pero no es menos cierto que los que se quedaban, se quedaban sin jugar.
La rabia, esa explosión de rencor, que empieza en una ceguera, a veces alimentada desde fuera, y acaba en un odio sordo, irreflexivo, visceral, irracional, y el odio, ya se sabe aquello de que “del amor al odio solo hay un paso”, es un sentimiento que solo corroe al que lo siente, aparte de costar mucho trabajo. A mí me da una enorme pereza levantarme cada día teniendo que acordarme de a quién odio, y, sobre todo, por qué. Sí, es verdad, soy un poco demasiado vago para odiar, prefiero borrar y pasar página a la espera de que la rabia temple en su recorrido.
Pero por mucho que se espere a que la rabia se temple, se diluya, desaparezca, hay rabias que se retroalimentan, rabias que viven en una caldera de odio permanente que busca cualquier excusa para volver los rescoldos llamas, y que parecen vivir para ello. Sin duda el combustible proviene de las entrañas del odiador, sin duda el odio va produciendo un embotamiento en la capacidad emocional del odiador, pero el odiador no lo percibe, no es capaz de dar ese paso reflexivo que enfríe la visceralidad de su sentimiento, y, no lo sé porque soy incapaz de odiar, –ya lo he dicho, demasiado vago-, estoy casi convencido de que, si consiguiera reflexionar, la vergüenza por lo realizado en pleno de ataque rabioso lo llevaría casi indefectiblemente a mantener una rabia sorda, incapacitante, voluntaria. Y eso es aún más triste, eso es demoledor.
Ahora tocaría hacer una llamada a la erradicación de la rabia en el mundo. La médica ya es residual, casi inexistente. Ojalá algún día podamos decir lo mismo de la emocional, pero me temo que contra esta no hay cura, no hay vacuna, y si la hay depende de los infectados, y eso aparenta ser un camino sin salida. Al menos eso me parece.

